Haenyeo: las mujeres que hicieron del océano una forma de vida
Durante generaciones, las Haenyeo de Jeju han descendido al mar en apnea para ganarse la vida. Su resistencia combina entrenamiento, exposición al frío, cultura y adaptación biológica.
Antes de que la apnea fuera un deporte, para ellas ya era trabajo.
En la isla surcoreana de Jeju, generaciones de mujeres entraron al océano para recoger del fondo aquello de lo que dependían sus familias y comunidades.
Abulones, erizos y otros recursos marinos formaban parte de jornadas construidas sobre una secuencia repetida una y otra vez:
descender, trabajar, ascender, respirar y volver a bajar.
Son las haenyeo, las “mujeres del mar” de Jeju.
Su cultura fue reconocida por la UNESCO como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad en 2016. Pero ese reconocimiento no habla sólo de una actividad de subsistencia.
Habla también de conocimiento.
De mujeres que aprendían de otras mujeres.
De técnicas transmitidas dentro de la comunidad.
De una forma de entender el mar que no se enseñaba únicamente con palabras, sino acompañando, observando y repitiendo.
Y quizá ahí empiece realmente lo extraordinario de su historia.
No estaban buscando récords
Hay algo que separa radicalmente a las haenyeo de la imagen moderna de la apnea.
No estaban intentando conseguir una marca.
Estaban trabajando.
Su objetivo no era permanecer el máximo tiempo posible bajo el agua ni alcanzar una profundidad concreta.
Necesitaban encontrar recursos en el fondo, gestionar el esfuerzo, regresar a superficie, recuperarse y volver a descender.
Durante horas.
Durante años.
En muchos casos, durante gran parte de una vida.
Eso convierte su historia en algo especialmente interesante para la ciencia.
Porque cuando una misma exigencia se repite durante décadas, el cuerpo también responde a esa historia de exposición.
Un grupo de haenyeo de Jeju se prepara junto al mar con los flotadores y redes utilizados durante sus jornadas de recolección. · Foto: Idobi · Fuente: Wikimedia Commons · Licencia: CC BY-SA 3.0
Aprender a vivir con el frío
Durante buena parte del siglo XX, las haenyeo trabajaron con una protección térmica muy limitada.
Antes de la generalización de los trajes húmedos modernos, la exposición al agua fría formaba parte inevitable de cada jornada.
Y no hablamos de una exposición puntual.
Hablamos de horas en el mar, repetidas durante años.
Los investigadores comenzaron a estudiar cómo respondían sus cuerpos a ese entorno y observaron características fisiológicas relacionadas con la aclimatación al frío.
Podría parecer sencillo concluir que aquellas mujeres poseían una resistencia excepcional y permanente.
Pero a mediados de los años setenta cambió una pieza fundamental de su entorno.
El traje húmedo comenzó a extenderse entre las haenyeo.
De repente, el cuerpo dejó de recibir la misma intensidad de estrés térmico.
Y ese cambio ofreció a los investigadores algo difícil de obtener en condiciones normales: una especie de experimento natural.
Si determinadas respuestas se debían realmente a una exposición continuada al frío, ¿qué ocurriría cuando esa exposición disminuyera?
Un estudio longitudinal publicado en 1983 siguió ese proceso durante varios años.
Los investigadores observaron que algunas de las respuestas fisiológicas asociadas a aquella intensa aclimatación al frío fueron reduciéndose progresivamente después de la adopción del traje húmedo.
La implicación era importante.
Al menos una parte de aquello que podía parecer una característica permanente había sido adquirida mediante años de exposición.
Y podía modificarse de nuevo cuando cambiaban las condiciones.
Décadas después, otros trabajos continuaron investigando esa relación.
Algunas diferencias frente al frío seguían siendo detectables en haenyeo mayores, aunque no todas las respuestas eran distintas ni todas las mujeres mostraban exactamente el mismo patrón.
Y eso obliga a introducir una idea importante.
Adaptarse no significa transformarse de una única manera.
Ni todas las personas responden igual.
Ni todas las adaptaciones permanecen para siempre.
Décadas de exposición dejan huella
El frío era sólo una parte del problema.
Cada descenso también implicaba apnea.
Cuando una persona contiene la respiración y se sumerge, el organismo activa distintas respuestas fisiológicas.
Una de las más conocidas es la reducción de la frecuencia cardiaca, la bradicardia, como parte de la respuesta de inmersión.
En las haenyeo, la particularidad no estaba necesariamente en una única apnea extraordinaria.
Estaba en la escala.
Estudios de campo realizados en los años ochenta documentaron jornadas formadas por inmersiones relativamente breves y recuperaciones repetidas en superficie.
En inmersiones alrededor de cinco metros, los investigadores registraron una media aproximada de 32 segundos bajo el agua y unos 46 segundos de recuperación en superficie.
Cuando la profundidad rondaba los diez metros, el tiempo medio de inmersión aumentaba hasta unos 43 segundos y la recuperación podía acercarse a los 85.
Las cifras cuentan sólo una parte de la historia.
Lo realmente singular era repetir ese ciclo durante una jornada de trabajo y volver a hacerlo durante años.
Descender.
Buscar.
Recoger.
Ascender.
Respirar.
Y regresar otra vez al fondo.
Cuando esa secuencia deja de ser excepcional y se convierte en rutina durante décadas, aparece una pregunta inevitable.
¿Cuánto de la respuesta del cuerpo procede del entrenamiento y cuánto puede estar relacionado con la biología heredada de una población?
En 2025 apareció una nueva pieza del puzle
En 2025, un equipo internacional publicó uno de los estudios más interesantes realizados hasta ahora sobre las haenyeo.
Los investigadores combinaron pruebas fisiológicas con análisis genéticos para intentar separar, al menos parcialmente, dos fuerzas que pueden actuar al mismo tiempo: el entrenamiento acumulado durante una vida y la historia genética de la población de Jeju.
Durante una inmersión simulada observaron una bradicardia especialmente pronunciada entre las buceadoras haenyeo.
La explicación más llamativa habría sido atribuirla directamente a la genética.
Pero los resultados no apuntaban en esa dirección.
Las haenyeo compartían buena parte de su historia genética con otros habitantes de Jeju que no mostraban la misma respuesta cardiovascular.
Por eso, los autores interpretaron aquella bradicardia pronunciada como un probable efecto del entrenamiento.
Décadas de inmersiones repetidas parecían explicar mejor esa diferencia.
Pero el análisis genético mostraba otra parte de la historia.
Varias haenyeo de Jeju trabajan en el mar utilizando sus flotadores y redes durante una jornada de recolección. · Foto: 김형찬 · Fuente: Wikimedia Commons · Licencia: CC BY 2.0 KR
No existe “el gen de las haenyeo”
Al analizar la genética de la población de Jeju, los investigadores identificaron variantes con señales compatibles con selección natural.
Entre ellas aparecían variantes asociadas con una menor presión arterial diastólica y otra variación previamente relacionada con tolerancia al agua fría.
Los propios autores plantean que esta última podría contribuir a reducir la susceptibilidad a la hipotermia.
La palabra importante es podría.
Porque encontrar una variante genética asociada a un rasgo no significa descubrir un “gen de la apnea”.
Tampoco significa que la capacidad de las haenyeo para trabajar en el mar estuviera escrita de antemano en su ADN.
La conclusión es bastante más interesante.
Dentro de una población que durante generaciones ha vivido bajo unas condiciones ambientales y culturales muy concretas, diferentes mecanismos pueden actuar al mismo tiempo.
Una respuesta puede estar relacionada principalmente con el entrenamiento.
Otra puede mostrar señales compatibles con adaptación genética.
Y ambas pueden formar parte de la misma historia.
Genética y entrenamiento no tienen por qué competir como explicaciones.
Pueden superponerse.
Una forma de vida, no un experimento
Resulta fácil mirar hoy a las haenyeo desde fuera y convertirlas en un caso fascinante de fisiología humana.
Pero ellas no entraban al agua para demostrar una teoría.
Ni para enseñar hasta dónde podía llegar el cuerpo.
Entraban porque el océano formaba parte de su trabajo, de su economía y de su comunidad.
Durante décadas, sus cuerpos estuvieron expuestos una y otra vez a los mismos desafíos:
frío, apnea, presión, esfuerzo y recuperación.
La ciencia llegó después.
Y empezó a intentar comprender qué había dejado esa vida en su fisiología.
Ese orden importa.
Porque si reducimos a las haenyeo a una curiosidad genética o a una demostración de resistencia, perdemos la parte más importante de la historia.
Antes que objeto de estudio, fueron mujeres trabajando juntas en el mar.
Adaptarse no significa ser invulnerable
Existe una forma muy tentadora de contar esta historia.
Presentar a las haenyeo como mujeres casi superhumanas.
Resistentes al frío.
Capaces de trabajar durante horas en el océano.
Protegidas de alguna manera frente a las consecuencias de una vida de inmersiones.
La ciencia obliga a ser bastante más prudentes.
Adaptarse a un estímulo no significa volverse inmune a él.
Las mismas décadas de exposición que permiten estudiar respuestas fisiológicas extraordinarias también significan décadas acumulando frío, cambios repetidos de presión, esfuerzo físico y contacto continuo con el medio marino.
Investigaciones recientes siguen estudiando precisamente los posibles efectos de esa exposición prolongada sobre la salud de una población que, además, está envejeciendo.
En 2026 se publicaron nuevos trabajos centrados, entre otros aspectos, en problemas de las vías respiratorias superiores de las haenyeo.
Eso obliga a mantener dos ideas al mismo tiempo.
El organismo humano puede modificar algunas de sus respuestas cuando un estímulo se repite durante años.
Pero toda adaptación tiene contexto.
Tiene límites.
Y puede convivir con costes.
Lo realmente extraordinario de las haenyeo
Quizá la pregunta equivocada sea cuánto tiempo podían aguantar la respiración.
Convertir su historia en una cifra sería reducirla a una competición que nunca fue la suya.
La pregunta realmente fascinante es otra.
¿Qué ocurre cuando una comunidad repite durante generaciones una actividad suficientemente exigente como para que cultura, ambiente, entrenamiento y biología empiecen a entrelazarse?
Las haenyeo no ofrecen una respuesta sencilla.
Parte de su aclimatación al frío fue adquirida y comenzó a reducirse cuando cambiaron las condiciones de exposición.
Parte de su respuesta cardiovascular parece estar relacionada principalmente con décadas de entrenamiento.
Y determinados rasgos genéticos de la población de Jeju muestran señales compatibles con una historia de selección natural.
No son superhumanas.
Son científicamente mucho más interesantes que eso.
Durante generaciones, estas mujeres no entraron al mar para demostrar hasta dónde podía llegar el cuerpo humano.
Entraron porque el océano formaba parte de su manera de vivir.
Décadas después, la ciencia sigue intentando comprender qué dejó esa vida en sus cuerpos.
Y probablemente sea precisamente esa mezcla de cultura, ambiente, entrenamiento y biología la que convierte a las haenyeo en algo mucho más profundo que una historia sobre mujeres capaces de contener la respiración.
Rigor editorial
Fuentes y referencias
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Fuente
La cultura de las haenyeo (buceadoras) de la isla de Jeju
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Fuente
Time course of deacclimatization to cold water immersion in Korean women divers
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Fuente
Whole-body cold tolerance in older Korean female divers "haenyeo" during cold air exposure: effects of repetitive cold exposure and aging
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Fuente
Effects of cold exposure discontinuation on finger cold-induced vasodilation of older retired Korean female divers 'Haenyeos'
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Fuente
Patterns of wet suit diving in Korean women breath-hold divers
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Fuente Fuente principal
Genetic and training adaptations in the Haenyeo divers of Jeju, Korea
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Fuente
Upper airway disease in Jeju Haenyeo: the aging and resilience cohort (JH-ARC) study